DESMONTANDO A SANCHEZ.

No es cierto que el objetivo de la moción de censura fuera descabalgar a Mariano Rajoy de la presidencia del Gobierno por la corrupción del Partido Popular. El Partido Socialista también tiene pendiente de sentencias un casos de corrupción.  Si ese hubiese  sido el objetivo real Sánchez  hubiera convocado inmediatamente elecciones y no lo hizo hasta que vio la imposibilidad de pactar los Presupuestos.

Sánchez accedió a la Presidencia del Gobierno aupado por los votos de Podemos, independentistas catalanes y nacionalistas vascos, articulando una coalición  cuya única amalgama era su rechazo al Partido Popular.

La campaña de las elecciones de Mayo de este año tuvo de nuevo el mismo eje, al rechazo al PP se sumó el de Ciudadanos y Vox. Con esta campaña Sánchez se obligaba a buscar acuerdos únicamente en sus anteriores socios: PNV, Ezquerra y Podemos.

Sánchez sacó petróleo de la campaña que dividía a la opinión pública en dos mitades enfrentadas y obtuvo un notable éxito político y de escaños. Sin embargo, la gestión de este triunfo iba a ser más complicada. Las primeras  visitas que realizó fueron a Alemania y Francia. Tanto Merkel como Macron debieron recordarle que no se puede aspirar a ser alguien en Europa de la mano de Pablo Iglesias cuyos antiguos aliados griegos a punto estuvieron de dinamitar el euro. Así que con esta idea y el atisbo de una crisis económica en ciernes debió plantearse un cambio de rumbo en su estrategia.  Tenía varias opciones: Un pacto con Podemos, un pacto con Podemos pero sin Podemos, un pacto con Ciudadanos o un Gobierno en solitario con sus 123 votos.

Exploró la primera opción y a punto estuvo de  conseguir el acuerdo de no ser por el clamoroso error de Iglesias del que se arrepentirá  en lo que le quede de vida política.  La segunda opción era más difícil; el pacto con Podemos a cambio de nada. Era pretender  que la coalición morada aceptara irse con las manos vacías después de haber estado a un paso de asaltar el cielo.

Quedaba Ciudadanos, una opción que Sánchez ni intentó, bien es cierto que Rivera ni siquiera quiso acudir a las reuniones en  Moncloa después del fracaso del primer contacto. Ni uno ni otro se hicieron ofertas en público que permitieran allanar el camino de una negociación.

El Presidente en funciones optó finalmente por pedir el apoyo a todos los demás sin entregar nada a cambio. Un  imposible en política. La lógica indica que no se puede dar el voto a alguien sin garantías de que no hará la política contraria a  quienes le votan.

A última hora, tanto Podemos como Ciudadanos se avinieron a facilitar el Gobierno a cambio de  unos mínimos compromisos políticos.  Pero Sánchez ya estaba en modo elecciones y saboreaba  de antemano el fracaso de sus dos competidores más cercanos. Volvió a primar el interés partidista.

Queda para los historiadores y politólogos determinar en qué momento el Presidente en funciones decidió el cambio de rumbo; Cuando pasó del ofrecimiento a Podemos de tres Ministerios y la Vicepresidencia a ser consciente de que no podría dormir con el equipo morado en el Gobierno. Sin embargo, algo es patente: ha sido el propio Sánchez el que desde el principio seleccionó a sus posibles socios y marginó a otros. Es Sánchez el que fracasó en este intento de negociación y finalmente ha sido Sánchez el que teniendo en su mano las dos ofertas de última hora, ofertas a la baja de Podemos y Ciudadanos las ha rechazado.

No traten ahora de sacudirse las responsabilidades. No diga el Partido Socialista que la culpa es de todos menos de ellos, no acusen a nadie de robarles los votos y de no dejarles formar gobierno. Sánchez dio con la moción de censura la última vuelta de tuerca a la política de las dos Españas inaugurada por Rodríguez Zapatero. Ahora no se encuentra cómodo en ninguna de las dos; A una la estigmatizó por puro cálculo electoral  y con la otra  no puede dormir.

Lo que se necesita, gane quien gane las elecciones, es un cambio de rumbo, acabar con la dinámica de  rojos y azules y  recuperar el consenso de los partidos constitucionalistas. Para ello, es necesario que esta cuestión quede patente en la misma campaña electoral. No nos martiricen con mutuas descalificaciones e insultos personales, háblennos de los problemas reales. No nos tomen el pelo a los ciudadanos ni nos traten de imbéciles; ¡¡¡¡un respeto oiga¡¡¡. Pero sobre todo no pongan en cuestión  la confianza ciudadana en las instituciones, en la democracia y en la acción política, que a esta ciudadanía le ha costado mucho esfuerzo conseguir un sistema de libertades como para  que ustedes lo conviertan en baratija.

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