COMUNISMO

“Conocereis la verdad y la verdad os hará libres, porque si os dejais llevar por la mentira, solo podréis aspirar a ser exclavos”

 Existe un tic, un automatismo mental, una roña intelectual que  adquirimos en nuestra infancia política  y que a pesar de todo lo aprendido sigue activándose como un complejo recurrente. Y es que ser anticomunista se lleva mal con ser progre y más aún, se sigue  asociando a ser cuasifascista.  Hasta ese punto nos lleva ese pensamiento dicotómico, maniqueo, dualista del bien y el mal que separa a las personas entre los que están en mi orilla ideológica y los otros, los de mi tribu y los demás.

Los de mi generación dimos nuestros primeros pasos en la política a principios de los años 70. En esa época ser comunista era luchar  contra el franquismo y por las libertades democráticas. Ya no se hablaba de comunismo a secas sino de eurocomunismo. Carrillo y el PCE eran la vanguardia de la lucha por las libertades. Muchos de mis conocidos militaban en  lo que se  denominada “el partido” una  denominación que tenía la doble intención de no pronunciar la palabra comunista y de poner de manifiesto que  era el único o al menos el más importante de la lucha antifranquista. Pero el eurocomunismo fue un espejismo sino una  necesaria maniobra estratégica de mimetización con el entorno democrático

Por eso cualquier intento de colocar en el mismo plano  fascismo y comunismo nos chirria. Me sorprende que a estas alturas  llamar a alguien fascista tenga mayor carga  insultadora que llamarle comunista. Por eso hay que leer a Soltzheninsyn y su Archipielago Gulag, porque al margen de debates  sobre teoría política, de discusiones ideológicas hay una realidad incontestable: la propia historia, los hechos, las consecuencias de la puesta en práctica de las ideas comunistas, de todas las experiencias, de todos los países donde  el ideario de Marx, Lenin, Stalin y Mao se ha puesto en práctica. En todos, sin excepción el resultado ha sido el mismo: miseria económica y moral represión, muerte y dictadura totalitaria en su expresión más brutal. No comprender esto es no haber entendido la gran lección histórica del siglo XX y dejar el camino abierto para una nueva edición de la barbarie.

En términos históricos el fracaso del comunismo con sus secuelas de exclavización , represión y ruina económica y social es una realidad incontestable.

 Hay que leer a Solzheniitsyn para comprender como la dictadura del proletariado significa lisa y llanamente el exterminio de  todos los demás  y también de los proletarios que no comulguen con la política del secretariado del Partido Comunista. El escritor ruso Vladimir Korolenko escribia a su colega Maximo Gorki: “la parte más laboriosa del pueblo (por los campesinos) ha  sido exterminada de raíz.” Ante las protestas del comunista Gorki a Lenin por la depuración, encarcelamiento y fusilamiento de intelectuales que el régimen había calificado de pequeño burgueses, este responde que no debe “ consumirse gimoteando por unos intelectuales podridos.”

Hay episodios  que dan la medida de la arbitrariedad de las autoridades comunistas a la hora de eliminar no solo la disidencia, sino de forma preventiva, todo lo que pudiera parecérsele: Lo que en el periódico “Terror Rojo “ se  presentaba de esta forma: ”No estamos en guerra con individuos aislados,. Exterminamos a la burguesía como clase. No busquéis durante la instrucción judicial ni materiales ni pruebas de que el acusado haya actuado de obra o de palabra contra los soviets. La primera pregunta que debéis formularle es a que clase pertenece, cuál es su origen, su educación, sus estudios o su profesión. Estas  preguntas son las que  deberán determinar  la suerte del acusado. Este es el sentido y la esencia del terror rojo.”

 Y es que esta práctica  sistemática es la que  arroja el balance de 110 millones de muertos  por los distintos regímenes comunistas. La cifra no es  arbitraria, la publicaba el propio periódico Izvestia el 30 de Octubre de 1997.

 Hay dos  reflexiones que se desprenden de esta realidad. La primera es ¿porque este gran drama del siglo XX ha permanecido ignorado por buena parte de la izquierda y de la intelectualidad europea y occidental? La segunda es establecer el vínculo inevitable e insoslayable entre ideología y tragedia, porque hay quien todavía dice que  las experiencias soviética, china, camboyana, cubana, venezolana son  malas puestas en práctica de una ideología liberadora: el marxismo leninismo. No comprenden que ya es casualidad que en todas las ocasiones el experimento haya acabado en fracaso. Cuantas pruebas más necesitarán para convencerse. Y es que la raíz del fracaso, la raíz de esas políticas genocidas está en la propia ideología que establece la necesidad de eliminación  de los miembros de una clase social para  alumbrar lo que denominan “el hombre nuevo”. Es en la lucha de clases,  el maniqueísmo del bien y el mal, amigo-enemigo atribuido al nosotros y ellos, a la implantación de una teología de sustitución de la  política como religión,  una ideología como credo existencial y un líder absoluto como dios proveedor de dicha y felicidad la que lleva a la catástrofe.

En Engels encontramos la explicación de esta idea de ligar ideología y realidad histórica vivida: “La revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que existe, es un acto mediante el cual una parte de la población impone su voluntad a la otra mediante los fusiles, las bayonetas y los cañones,  medios autoritarios  si los hay, y el partido triunfante, si no quiere haber luchado en vano, tiene que mantener ese dominio por el terror que sus armas inspiran en los reaccionarios.”

Lenin escribía en Pravda: la terea inmediata del poder soviético deja claro que el terror, mediante la guerra civil es el arma auténtica de la revolución:”

O esta otra:

“Quien reconoce la lucha de clases debe reconocer las guerras civiles que en toda sociedad de clases representan la continuación, el desarrollo y la acentuación naturales, y en ciertas circunstancias inevitables de la lucha de clases.”

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