ARCHIPIELAGO GULAG, LA RUSIA QUE CONOCIMOS TARDE.

Recuerdo allá por marzo de 1976 una entrevista que hizo en Televisión Española, entonces la única televisión de España, José María Iñigo a Alexandr Solzhenitsyn, autor de “Archipiélago  Gulag”, quizás el libro más importante escrito en el siglo XX, un impresionante documento que cuenta la vida, la organización y las miserias de  la red  de exterminio en los  campos de concentración destinados a acabar con la disidencia soviética.

Nada de este entramado industrial- penitenciario “de miedo, dolor, frio, hambre y muerte”  fuimos capaces de escuchar quienes desde posiciones de izquierdas vimos la entrevista al escritoe ruso. Solamente oímos a un anticomunista y entendimos que era la televisión del Gobierno quien quería atacar, utilizando a Solzhenitsyn, a  los partidos que luchaban por la llegada de la democracia, especialmente  al Partido Comunista. Sin duda el fragor de la lucha antifranquista distorsionó nuestra percepción de una realidad que había sido ocultada durante años por el aparato soviético de propaganda.

Aquella entrevista al Premio Nobel de la Paz, que pasó once años en campos de concentración por delitos de opinión, mereció una furibunda reacción  de diversos medios y escritores de la izquierda e incluso de la democracia cristiana más progresista reunida en torno a Cuadernos para el Dialogo. Esta es una de las “perlas” que se escribieron, la firmaba Juan Benet el escritor considerado más influyente de la España de la segunda mitad del siglo XX:

“Yo creo firmemente que mientras existan gentes como Alexandr Solzhenitsyn perdurarán y deben perdurar los campos de concentración. Tal vez deberían estar un poco mejor custodiados a fin de que personas como Alexandr Solzhenitsyn, en tanto no adquieran un poco más de educación no puedan salir a la calle. Pero una vez cometido el error de dejarles salir, nada me parece más higiénico que las autoridades soviéticas (cuyos gustos y criterios respecto a los escritores rusos subversivos comparto con frecuencia) busquen el modo de sacudirse semejante peste.”

Este injusto tratamiento  en España dejó una amarga huella en Soltzenitsyn, una afrenta que dijo, no olvidaría nunca.

Al cabo de los años este episodio provocó en mí una reflexión sobre hasta qué punto el sectarismo político e ideológico impide tener una visión  ajustada de la realidad. Me propuse conocer no solo El Archipiélago, sino la realidad  de la Unión Soviética que tan eficazmente había ocultado la maquinaria de propaganda  y  la intelectualidad progresista de la época, de la que los Benet, Alberti, Neruda, Paco Rabal, o Vázquez Montalbán o Sartre, eran claros ejemplos. Son de sobra conocidas las alabanzas de Neruda y Alberti a Stalin. También las voces  como la de Camus, que desde la izquierda se empezaron a levantar contra la tiranía soviética.

Se estima que tres millones de personas murieron en el Gulag, ochocientas mil de ellas  fusiladas.

“Ya ven lo mucho que se fusiló- dice Sollzhenitsyn- primero miles y luego centenares de miles. Dividimos, multiplicamos, suspiramos, maldecimos. Y pese a todo se trata sólo de cifras que al principio estremecen, pero que más tarde caen en el olvido. Más si algún día los parientes de los ajusticiados llevaran a una editorial las fotografías de los ejecutados, si se editara un álbum con sus fotografías, un álbum de varios tomos, entonces podríamos pasar las hojas y de esa última mirada de sus ojos apagados quedaría en nosotros algo muy útil para lo que nos resta de vida. Esa lectura, casi sin letras se depositaría sobre nuestros corazones como una capa perenne.”

Así que me propuse sacar mis propios demonios del armario del sectarismo intelectual y político y rendir un tardío homenaje al Solzheitsyn leyendo su monumental obra, un empeño en el que sigo militando.

El testimonio de Soltzhenitsyn no es el único. Varlan Shalamov escribió seis volúmenes de Relatos de Kolimá, en esos campos de la Siberia más remota pasó 10 de los 18 años de su cautiverio.

Pero la realidad distópica de la Rusia comunista no se circunscribe a los campos de  concentración. Entre 1931 y1934 cinco millones de personas murieron  de hambre en Rusia y Ucrania como consecuencia de la colectivización de las tierras decretada por Stalin. Anne Applebaum, premio Pulitzer relata  en “Hambruna Roja” uno de los peores crímenes del comunismo soviético. Lo estremecedor de esta historia, ampliamente documentada, es que  “estas muertes no fueron accidentales, ni consecuencias colaterales de una mala política, sino absolutamente deliberadas y planeadas… El Estado soviético orquestó la  catástrofe para deshacerse de un problema político” : el nacionalismo ucraniano, lo mismo que hizo en la matanza en los bosques  de Katyn donde fueron fusilados más de 24.000 polacos  la práctica totalidad de los mandos del ejército, los más destacados intelectuales y políticos  de un país que se repartieron Hitler y Stalin en el pacto  que firmaron  Ribbentrop y Molotov. Por cierto un pacto  firmado en 1939 poco después de  acabada la guerra civil española. Un pacto que dejó postrados a los comunistas españoles que  tras la derrota vieron como  Stalín se entendía con Hitler con el aplauso de Pasionaria. Un pacto que hizo que muchos comunistas españoles terminaran por  renunciar a sus creencias, uno de ellos: Jesús Hernández.

Quien quiera acercarse a la realidad de la URSS de los años más negros del stalinismo  no puede dejar de leer, “En el país de la gran mentira” de Jesús Hernández, miembro del Partido Comunista de España refugiado en Rusia y expulsado de la organización por su desgarrador testimonio fruto de su gran desengaño político.

 Hay que preguntarse porque esta realidad tan cruda y sangrante permaneció oculta, en el ángulo ciego de la visión de las elites intelectuales europeas. No fue solo el sectarismo imperante en la guerra fría, en el que toda noticia crítica con la Unión Soviética era tachada de propaganda antisoviética e inmediatamente catalogada como bulo capitalista. Hubo más. Hubo lo que el historiador francés, François Furet califica como una conspiración de silencio. En el “El fin de la Inocencia” de Stephen Koch,  nos cuenta como el comunista alemán Wulli Munzemberg, por órdenes directas de Stalin, crea desde París una impresionante red de intelectuales, medios de  comunicación y agencias de propaganda, productoras de cine y editoriales. Su objetivo: montar una campaña de desinformación sobre la realidad soviética y propagar las consignas del PCUS. El propio Munzemberg, de forma harto cínica calificaba a sus redes de intelectuales adeptos a la causa como “clubes de inocentes.”  Dice  Stephen Koch sobre  Munzenberg:

“Él fue el organizador invisible de esa modalidad política de oposición al sistema que podríamos llamar la Política del Bien. La misma frase; “clubes de inocentes”, demuestra como los temas políticos manipulados por Munzemberg llegaron a servir a muchos como un sustituto de la fe religiosa. Ofrecía a todos sin excepción un papel en la búsqueda de la justicia. Al definir la culpabilidad (por pertenecer al mundo desarrollado- digo yo) proponía inocencia a sus seguidores. Y millones lo aceptaron…proporcionó a dos generaciones de izquierdistas lo que podríamos denominar el Foro del Bien. Acaso, más que nadie en su tiempo desarrolló lo que podría considerarse la principal ilusión moral del siglo XX: la noción de que en esta época, el principal escenario de la vida moral, el verdadero reino del bien y del mal era la política.”

Y en ello estamos aún en el siglo XXI.

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