UNA INVESTIDURA DURA Y UNA DURA LEGISLATURA.

No se entiende todo este proceso que ha llevado a la investidura de la socialista María Chivite sin echar la vista atrás hasta el último Gobierno de Barcina que terminó con la expulsión del mismo del que fuera vicepresidente socialista, Roberto Jimenez. El Partido Socialista venía de una larga travesía del  desierto tras los escándalos de Urralburu y Aragón. Con Fernando Puras se abrió  una nueva oportunidad de alcanzar el poder a través de un pacto con los nacionalistas y Batasuna, un pacto que frustró la dirección federal del PSOE cuando las negociaciones con ETA fracasaban. Se inauguró entonces un Gobierno de coalición  cuya andadura fue siempre problemática por la necesidad del Partido Socialista de marcar distancias y definir un perfil crítico a pesar de su presencia en un Gobierno con UPN. Aquello terminó mal y los socialistas se enfrentaron a una caída en su representación parlamentaria que atribuyeron al pacto  “con la derecha.”

Es este el síndrome que desde entonces explica toda la estrategia política de los socialistas navarros. Al fin y al cabo la política se ha convertido en un cálculo de opciones para llegar al poder más que en un mensaje político  y de ideas con las que seducir a la ciudadanía.

            Los escándalos de corrupción y la política errática en las alianzas,  unidos al ascenso del independentismo abertzale que recogió gran parte del apoyo de los sectores que dieron el triunfo en Navarra al Partido Socialista en1983, dejaron al PSN en la irrelevancia política que se hizo más patente en la pasada legislatura donde sus votos no eran decisivos ni para la configuración de Gobierno ni para ejercer el control político desde la oposición.

            Si unimos estos hechos al ascenso de Pedro Sánchez a la Secretaría General del PSOE y a la Presidencia del Gobierno tras la moción de censura a Mariano Rajoy, nos encontramos con el diseño de un discurso que trata de demonizar cualquier contacto con el centro derecha y buscar alianzas con Podemos, nacionalistas e independentistas. Esto configura una política de frentes que a  nivel nacional tendría un corto recorrido y una difícil venta en Europa. Eso lo sabe Pedro Sánchez quien intenta después de unos meses mareantes de tiras y aflojas con Podemos configurar un Gobierno en solitario, “a la portuguesa”, sin  mayoría suficiente.

            En Navarra el proceso ha sido similar al vivido por el PSOE en el ámbito nacional. María Chivite hizo una campaña estableciendo un cordón sanitario con el centro derecha que después de los resultados electorales le obligaba a depender de la abstención de EH Bildu para conseguir la investidura. Tras las elecciones Chivite no cambió su planteamiento, por no desdecirse y porque sabía que  cualquier veleidad con Navarra Suma  la dejaría expuesta a una retirada de los apoyos del antiguo cuatripartito. Así que se vio en la necesidad de negociar un acuerdo, ambiguo en muchos de sus apartados, que sirviera de base para una investidura y que no provocara el rechazo frontal de EH Bildu.

            En este proceso se produjo la elección de los órganos del Parlamento de Navarra donde se escenificó un pulso entre  Partido Socialista  y Geroa Bai. Los socialistas no querían la presencia de Maiorga Ramirez en la Mesa de la Cámara, una presencia que EH Bildu exigía máxime después de ver descabalgar de la alcaldía de Pamplona a Asirón.

Ese pulso lo ganó Uxue Barcos que echó el resto para que Bildu entrara en la Mesa, sin duda, siendo consciente de que era la única posibilidad de que los de Otegi se abstuvieran en la investidura de Chivite. Asistimos y vimos en Navarra Televisión las idas y venidas del negociador, Koldo Mártinez,  desde el despacho donde se reunían los socialistas al corrillo de los parlamentarios de Bildu. Barkos ganó la batalla y  aseguró  su papel en la legislatura  de ser la correa de transmisión de las demandas de EH Bildu con el Gobierno de Navarra.

Los socialistas, mientras tanto, se siguieron aferrando al argumento de que ellos no habían negociado con Bildu, por lo menos formalmente, porque en la realidad  a todo el mundo mínimamente avisado le ha quedado claro que la negociación se ha producido por persona intermedia.

            Una vez constituida la Mesa del Parlamento de Navarra, en el ámbito nacional las negociaciones del PSOE con Podemos empiezan a naufragar y Pedro Sánchez habla de posible convocatoria electoral. En esos días María Chivite, en declaraciones a Radio Nacional de España, apunta la posibilidad de reunirse con Navarra Suma para explicarles su programa de Gobierno. Inmediatamente Uxue Barkos corta en seco tal posibilidad  amenazando con  reconsiderar su apoyo a la investidura de Chivite. Lo dice sutilmente: “los contactos  de Chivite con Navarra Suma significarían una quiebre de la confianza entre los socios del futuro Gobierno que pone en riesgo otros acuerdos” Inmediatamente los socialistas pliegan velas y Ramón Alzorriz manifiesta que su principal objetivo es alcanzar la presidencia.

             Una vez garantizada la abstención de EH Bildu se inicia la sesión de investidura en la que María Chivite llama, ahora sí, al dialogo a Navarra Suma y Bildu. Algo que no debió gustar, al menos, a Podemos y a Izquierda Unida que no aplaudieron su discurso. Después de marginar en campaña y en el proceso de investidura a Navarra Suma y a sus 127.000 votantes y garantizada la investidura  con el apoyo directo e indirecto  del antiguo cuatripartito, María Chivite  anuncia que su Gobierno será de centro y que “sus propuestas no serán ni extrañas ni sectarias, ni pondrán en riesgo nada.”

             Salvando diferencias, la política que practica el Partido Socialista  es la de ese señor  algo cargado de kilos que ve un estrecho hueco en el asiento corrido del autobús y aposenta sus nalgas desplazando primero al que tiene a su derecha y después  al que tiene a su izquierda para hacerse sitió. Naturalmente unos y otros no quedan muy contentos con la maniobra, sobre todo si a continuación el señor les pide que le den un cigarrillo y que se lo enciendan.

Pero la apelacion de Chivite a la centralidad no pasa de ser un  postureo político con el afán de  dar la imagen de partido  dialogante. Pero una cosa es la imagen y otra los hechos a los que nos vemos avocados. Los hechos, que se van  a sustanciar en políticas concretas, vienen marcados por dos circunstancias: La primera que el Gobierno que ha pactado Chivite no es un gobierno monocolor  que podría realizar esa política de centralidad  que predica. De esto se deriva el abrarzo con el que la tiene bien amarrada Geroa Bai, que por una parte le impide negociar con Navarra Suma (ya se lo recordó Barkos en plena negociación  de la investidura) y le condena irremisiblemente a entenderse con Bildu, bien sea directamente o por  mediador interpuesto.

             La respuesta del resto de partidos a Chivite y su brindis al centro fue  clara: Elija; usted no va a poder desarrollar su política a doble banda. Lo que sucede es que una vez que Chivite llega en la presidencia  descabalgarla no será posible ya que una moción de censura exigirá que se pongan de acuerdo Navarra Suma y el anterior cuatripartito y eso es más que difícil. Sin embargo  todo este juego político sí que puede terminar en la paralización de  la acción de Gobierno lo que  nos situará de nuevo a  los ciudadanos como rehenes  de las estrategias de poder de los partidos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s