EN EL 75 ANIVERSARIO DE BRETTON WOODS

El mundo estaba a punto de cerrar uno de sus capítulos más tristes y dramáticos: la Segunda Guerra Mundial. Los líderes de las potencias victoriosas comprendieron que las raíces de las guerras eran económicas, que los nacionalismos llevaban a las guerras comerciales, a las devaluaciones monetarias para arruinar la economía del vecino y, en su caso, a la invasión de su territorio para arrebatarle sus recursos naturales y de subsistencia.

Los reunidos en Bretton Woods el 22 de Julio de 1944 alumbraron un nuevo orden económico mundial poniendo reglas a los intercambios comerciales, estableciendo una moneda, el dólar como divisa mundial de pagos, creando el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, es decir ordenando el sector financiero y bancario y finalmente, al cabo del tiempo, la Organización Mundial de Comercio.

            Se estableció que los Estados, con todos estos instrumentos, deberían  intervenir y regular los mercados para que estos no provocaran crisis y se inició una catarata de regulaciones, algunas de ellas no respetadas con el paso del tiempo, y es que las economías tienen sus propias dinámicas y los intentos por controlarlas y someterlas a patrones de  oportunidad política terminan muchas veces por colapsar.

            La primera y quizás  la más importante de estas rupturas del Pacto de Breton Woods fue la decisión del Presidente de Estados Unidos, Richard Nixón, de abandonar el patrón oro. Hasta ese año, 1971, la masa monetaria de los Estados, es decir el dinero en circulación debería guardar una relación determinada con la cantidad de oro que tenía guardado su Banco Central. Se evitaba así una competencia desleal,  las devaluaciones competitivas y las guerras arancelarias entre países y se conseguía que el crecimiento económico de cada uno estuviera ligado a la riqueza que generaba no a la cantidad de dinero que imprimía.

Con la ruptura del patrón oro Estados Unidos conseguía pagar mediante creación de dólares sus grandes deudas contraídas  en la guerra de Vietnam pero sobre todo hacer frente a la carrera armamentística con la URSS.

El nuevo sistema fue que las monedas fluctuarían y su intercambio en el mercado dependería únicamente de la oferta o la demanda de su divisa. Todas siguieron guardando la dependencia del dólar que, por presiones políticas, se convirtió en el medio de pago del petróleo, los petrodólares, y de buena parte de las transacciones económicas internacionales.

La entrada de China en la Organización Mundial del Comercio  en 2001 y la desaparición de barreras arancelarias entre  Estados Unidos y el gigante asiático inaugura una nueva  era: la de la globalización. China, con una mano de obra barata, se convierte en el gran suministrador de los países desarrollados que viven una etapa de deslocalización empresarial y de desequilibrio de la balanza de pagos por el incremento de las importaciones. Esa pérdida económica se  compensa con el  incremento de la deuda y consiguientemente con el respaldo de los Bancos Centrales imprimiendo dinero (expansiones cuantitativas) y bajando los tipos de interés. Esta situación lleva a que China acumule gran cantidad de dólares que compran  bonos norteamericanos.

Cuando el incremento de la deuda se hace cada vez más insostenible se recurre a la subida de tipos. Trump intenta compensar el efecto depresor de esa  subida con una política  de reducción de impuestos, pero su efecto dura apenas tres años. La subida de tipos  de interés se debe cortar porque empieza a desacelerar la economía. La salida que se busca es la guerra comercial: empezar a proteger  la empresa privada local y bajada de tipos para hacer más competitiva la economía norteamericana.  Volvemos así a la casilla de inicio. Después de Bretton Woods, del patrón oro, del patrón dólar y de la globalización, los Estados,  vuelven a las devaluaciones competitivas y a las guerras  arancelarias. Estamos donde estábamos antes de la Segunda Guerra Mundial con una potencia ascendente: China  y con otra en dificultades: Estados Unidos de Norteamérica.

Los economistas keynesianos argumentaban que las decisiones del sector privado conducen a veces a resultados macroeconómicos ineficaces que requieren políticas de respuesta activa por parte del sector público, en particular políticas monetarias por parte de los Bancos Centrales y políticas fiscales por parte  de los Gobiernos.

Pues bien, ya hemos visto, como nunca, desplegarse toda una panoplia de políticas  públicas de respuesta activa y el resultado es que estamos como al principio, o quizás peor con unos volúmenes de deuda que va a ser muy difícil, política, económica y socialmente,  de enjugar.

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