NO ES LO MISMO NACIONALISMO IDENTITARIO QUE PATRIOTISMO CONSTITUCIONAL.

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Dice Victor Manuel Arbeloa que “País es la geografía que compartimos, Nación en la historia, Estado el derecho y Patria el cariño y el afecto”.  Definir conceptos es un buen punto de partida para iniciar una reflexión y un debate que no termine con unos a otros arrojándonos los significantes como si fueran piedras, sin ni siquiera entrar a hablar de los significados.

             Yuval Noah Harari, a quien ya he citado en otros artículos del blog, señala que “una Nación es un conjunto de lealtades construidas por intereses comunes   en torno a un relato imaginado sobre bases reales de la cultura, la historia y los afectos”. Considera el autor de Sapiens y Homo Deus que las únicas lealtades auténticas son las que tenemos con nuestro entorno familiar y social más cercano y que las lealtades más amplias se forjan por el interés común y se construyen de forma artificial con el tiempo histórico, los mitos, la lengua  y la cultura. Señala:”los sistemas políticos enormes no pueden funcionar sin lealtades en masa y expandir el círculo de la empatía humana tiene sin duda su mérito” Es lo que llama  “patriotismo benigno” Dice: “creer que mi Nación merece mi lealtad y que tengo obligaciones especiales para con sus miembros me impulsa a cuidar a otros y a hacer sacrificios en su nombre.”

            El problema surge cuando este patriotismo benigno se transforma en ultranacionalismo patriotero.

            Es ahondando en las diferencias entre uno y otro concepto como podremos resolver ese interminable debate que mantengo con nacionalistas vascos y catalanes, que siempre me responden que si ellos son nacionalistas yo también lo soy por ser español.

            Por supuesto, a un nacionalista vasco o catalán no le  conmueve el argumento de la historia común y compartida de España. Responden que esa unidad fue fruto de conquista y sometimiento de sus respectivos pueblos y apelan a la necesidad de resolver una pretendida injusticia histórica. De los afectos, de la Patria, que nombra  Arbeloa, ni hablamos, los suyos, los de los nacionalistas, son exclusivos y excluyentes

            Son precisamente estos afectos y la calidad democrática de los mismos lo que distingue la lealtad del nacionalismo patriotero de las lealtades del nacionalismo benigno. Mientras el primero construye su identidad mediante la exclusión de quien no asume su relato, el segundo, el “nacionalismo benigno”, es inclusivo de todas las identidades y construye el relato común con la suma democrática de las voluntades individuales de los ciudadanos que forman  el demos; la comunidad política, que terminan por acordar la norma suprema constitucional y por compartir la historia y la cultura comunes. Diríamos que la esencia del demos, es la defensa y el respeto a la norma Constitucional que garantiza derechos y establece obligaciones. Solo su puesta en valor garantiza la cohesión nacional. La cultura, la historia, y los afectos serian elementos  valorados en distinta medida por unos y otros a la hora de definir su identidad política personal; no deberían convertirse en patrón único y uniforme  de pertenencia  a la comunidad política.

La identidad abierta y permeable a otras identidades sería el elemento que definiría el modelo de sociedad abierta del que habla Popper en contraposición a las  ideologías políticas basadas en la raza, la etnia o en la clase social. Es precisamente esto lo que distingue el nacionalismo del tipo etnocrático del nacionalismo, llamémosle, liberal.

            Quizá sea demasiado atrevido decir que este enfoque sobre la pertenencia y las lealtades sea más resolutivo que el debate sobre la esencia de ser español que atormentó a los intelectuales de la Generación del 98.

            Porque el debate sobre las esencias es el debate sobre la identidad. Aquí hay que hacer una seria distinción entre el respeto a la dignidad de cualquier identidad personal y la construcción de identidades mediante ingeniería social para la posterior manipulación emocional de las masas convenientemente adoctrinadas. Solo deconstruyendo minuciosamente los términos de este debate podremos desactivar la carga explosiva que siempre lleva aparejada la cuestión identitaria.

  Pero, ¿Cómo hacerlo?

Antes de abordar esta cuestión, hay que comprender porqué cuando hablamos de identidad nos topamos inevitablemente con un muro infranqueable en términos de razón. Yo digo, en ocasiones, que es imposible razonar políticamente con un nacionalista porque el debate se establece desde esferas distintas.

Me explico. La ideología, los programas , los argumentos políticos son objeto de debate. La calidad de los argumentos y de las ideas siempre se pueden pesar y calibrar en función de la eficacia económica y social de su puesta en práctica. Se puede analizar si las razones expuestas por unos y otros tienen bases ciertas contrastables con la realidad. Cuando se habla de identidad, de nacionalismo identitario es distinto. La puesta en cuestión de lo que un nacionalista considera su identidad suscita una fuerte reacción emocional . Diríamos que el debate político se centra en el objeto, mientras que el identitario pone en cuestión  la persona; la identidad de la persona es su bien más sagrado y por lo tanto  la reacción de resentimiento y odio que se genera excede los límites de la razón. Es por ello que Albert Boadella dijo en su día que la solución del problema catalán pasa por la contratación de una amplia plantilla de siquiatras y sicólogos.

En esta amalgama de relato inventado y sentimiento de agravio compartido, juegan un papel fundamental  los otros: el enemigo exterior; en nuestro caso, España;  “España nos humilla, no nos entienden, España nos roba.” La demonización de ese enemigo exterior, el “España sigue siendo franquista” difundido por los propagandistas secesionistas ayuda a introducir un relato simplista de buenos o malos, agresores y agredidos muy útil para el consumo de masas poco informadas. Esta creación de la idea del Estado opresor, precisamente en comunidades con el mayor grado de autogobierno de Europa, se completa con la denuncia del enemigo interior, el traidor, a su historia y a su pueblo, al que se termina tildando como  agente del enemigo y calificado invariablemente de “facha”. El relato imaginado ya está completo para su consumo masivo. La creación artificial de la identidad hace que ésta, finalmente, se viva como auténtica. Y digo “se viva”, porque el verdadero nacionalista vive y se alimenta diariamente  de este relato victimista y victimario.

Cuando yo hago estas reflexiones a un nacionalista, la respuesta es invariable: puede ser cierta la construcción artificial del relato identitario pero la otra parte, el nacionalismo español (término en el que nos meten a todos los no nacionalistas vascos o catalanes) hace lo mismo.

 Pues no; no es lo mismo.

Por supuesto que existe un nacionalismo español identitario. El auge de Vox lo ha puesto sobre la mesa, pero a diferencia de ese, el patriotismo constitucional es inclusivo de identidades distintas, en definitiva de ciudadanos distintos con sus propias identidades que ellos mismos construyen sin que nadie establezca los cánones de pertenencia y de lealtad. Al fin y al cabo la identidad siempre es personal; las llamadas identidades colectivas pueden crearse por la suma de las identidades individuales y dan como resultado una identidad plural en sociedades abiertas. Cuando se construyen de forma dirigida dan lugar a etnocracias. En las primeras, la única lealtad que se exige es al marco constitucional. Esa es la diferencia, que no es poca. Dentro de ese marco cada cual es libre de vivir y sentir su propia identidad sin pasar por enemigo o traidor, sin tener que sufrir el acoso o el escrache de quien no piense como él. Es la diferencia entre una sociedad abierta y una dictadura más o menos tuneada.

             Como dice Marlene Wind (“La Tribalización de Europa”): “la política identitaria y la retórica tribalista que la acompaña son menos exigentes desde el punto de vista cognitivo que las apelaciones a una mayor unidad y colaboración. Supone una apelación a nuestros bajos instintos y a menudo a la sangre, la historia y el territorio con lo que nos libera de la esforzada tarea de concebir maneras de salvar las diferencias culturales.”

La sustitución de la política por la identidad o la cultura, es un arma muy poderosa, pero muy explosiva también. Es poderosa porque al anteponer la identidad, y la pertenencia étnico-cultural, a todo lo demás, plantea la existencia de un estrato mucho más profundo, inocente y puro situado mucho más allá de lo político. Y es peligrosa, porque quienes la proponen se niegan a admitir la naturaleza política de sus posiciones lo que significa que no admiten que son posiciones discutibles y con las que es perfectamente posible discrepar.”

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