VOTAR EUROPA ES VOTAR NAVARRA

Yuval Noah Harari, el autor de “Sapiens”, “Homo Deus” y “21 lecciones para el siglo XXI”, explica cómo chinos y egipcios crearon sus propias naciones. Tribus diseminadas a lo largo de las riberas del rio Amarillo o del rio Nilo, compartían el mismo elemento vital: dependían de las cosechas y del comercio para poder subsistir pero sufrían también las mismas calamidades cuando la fuerza de la naturaleza provocaba grandes inundaciones. La gente se moría de hambre si había sequia o de miseria  cuando veía sus casas y campos destruidos por la riada.

            Ninguna de estas tribus podía por si sola conseguir dominar el río. Únicamente con su integración en un ente social y político más amplio: la nación, consiguieron construir grandes presas y canales para dominar su medio de vida. Los humanos pasaron de desarrollar las lealtades de la tribu a construir otras lealtades a un mayor número de personas. Dice Harari que hoy “en el siglo XXI todas las personas del mundo estamos viviendo en las riberas del mismo rio cibernético y ninguna nación puede regular, por si misma, este rio”.

La historia de la organización social de los humanos ha evolucionado desde las comunidades pequeñas a las más grandes, desde la tribu a la nación y desde esta a la unión de Estados.

Esta es la reflexión que tenemos que hacer cuando abordamos el proceso de unidad europea, y lo que debemos valorar en las elecciones al Parlamento Europeo del 26 de Mayo. El mundo tiene que dar respuestas conjuntas a retos tan importantes como la globalización, el cambio climático, la inmigración o la revolución tecnológica. Retos que van a determinar lo que vamos a ser, no ya dentro de 50, sino de 10 o 15 próximos años. Pero estas respuestas van a ser debatidas y negociadas entre los grandes bloques, las grandes naciones. Europa no puede quedarse al margen porque sería el principio de su desmembración, de su insignificancia en el concierto internacional,  de su manipulación por parte de otros Gobiernos más fuertes y de su deterioro económico y social.

El proceso de construcción europea pasa hoy por el acuerdo entre sus Estados miembros, no por la vuelta a la tribu o al mapa medieval de las 150 regiones como pretende el nacionalismo etnocrático.

Cuenta Harari que los humanos desarrollamos fácilmente lealtades a un grupo pequeño, a la familia, a los amigos  o a la tribu. Somos animales sociales y tenemos impreso en nuestros genes la lealtad al grupo. El cambio a una lealtad de mayor dimensión ha exigido un importante esfuerzo de construcción social y política que todavía no ha acabado.

            La nación se hizo compartiendo intereses pero también creando un relato que ha sido a veces étnico, cultural, histórico y finalmente liberal-democrático. El aglutinante necesitó en muchas ocasiones un enemigo exterior del que protegerse y contra el que unirse, se necesitaron símbolos, leyendas y creación cultural propia. Esto ha sido efectivo como aglutinante pero su mitificación ha conducido a importantes enfrentamientos identitarios. Las adhesiones nacionales han pasado del vasallaje al rey o al señor feudal, a la creación en otros casos de comunidades étnicas para terminar finalmente en el contrato constitucional de derechos y obligaciones que nos otorgamos mutuamente. Esta colaboración terminó por elevar el nivel de prosperidad de todos.

La llamada globalización  ha incrementado fuertemente el comercio mundial y la interdependencia económica entre países lo que se ha traducido en un fuerte crecimiento económico.  Según Francis Fukuyama, el autor de “El Fin de la historia” desde 1970 hasta  la crisis económica de 2008  el PIB mundial se había multiplicado por cuatro y el número de países  con democracias homologadas pasó de 35 a 110. El número de personas que vivía en la pobreza extrema en países en desarrollo ha descendió del 43 por ciento en 1993 al 17 por ciento en 2011. En su último libro, “Identidad” Fukuyama señala que  “el porcentaje de niños que morían antes de su quinto cumpleaños ha disminuido del 22 por ciento en 1960 al  5 por ciento en 2016”

La globalización ha conseguido importantes avances, pero ha causado también serios problemas, importantes desequilibrios económicos en países desarrollados que necesitan echar mano de  ingentes cantidades de deuda para mantener el nivel de vida de sus ciudadanos. Por este motivo hoy el proceso de globalización pasa por momentos críticos y hay quien plantea la  necesidad de una redefinición de las reglas del juego para que todos los países compitan en igualdad de condiciones. Por  otra parte, el miedo a un futuro incierto que plantean los retos señalados más arriba está provocando un retraimiento a las fronteras propias, el resurgimiento del nacional-populismo a nivel nacional que simboliza  el “America primero” de Trump  o el Brexit. También el ascenso del populismo independentista que teme que la globalización termine por suprimir su identidad. Los primeros intentan salvar sus muebles de país rico ante la posible repetición de una crisis global como la del 2008.

            Todos ellos hacen oídos sordos a la realidad de que los problemas globales no tienen soluciones nacionales.

            También  olvidan, o pretenden desconocer, que no es necesario suprimir estados-nación para construir estructuras y lealtades más amplias. Se establecen distintos niveles de lealtad, hacia nuestra Comunidad, hacia nuestra nación, hacia Europa, el  mundo. El futuro pasa por articular estas lealtades en realidades políticas y en acuerdos internacionales. El nacionalismo cree en una sola identidad rígida, en la lealtad única a una sola identidad. Pero hay otras opciones: las identidades individuales múltiples y plurales y su integración política en una comunidad de ciudadanos. España hizo este trabajo de integración con el Estado de las Autonomías en la Transición. Pretender crear ahora estados independientes es dar pasos hacia atrás.

Dice Harari que formas moderadas de patriotismo son necesarias para garantizar la cohesión social. El problema comienza cuando este patriotismo se trasmuta en ultranacionalismo patriotero. Y añado yo, cuando el patriotismo constitucional, que une a ciudadanos en torno a un contrato legal, se pone en cuestión por nacionalismos identitarios de base étnicas, excluyentes y tribales.

La tan ahora denostada Transición dio importantes pasos en esa articulación. Es lo que ponen en cuestión los independentistas y los populistas de uno y otro signo. La ruptura de este consenso constitucional tendría costes incalculables para futuras generaciones. Son los jóvenes los llamados a tomar las riendas de su futuro, implicándose en este debate sobre globalización, sobre Europa, sobre España y sobre Navarra. De ellos es la palabra. El próximo 26 de Mayo tienen una cita con su futuro.

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