ETNOCRACIA,IDENTIDAD, INDEPENDENCIA (I)

ETNOCRACIA  E IDENTIDAD.

La etnocracia no es un invento moderno. Su discurso ideológico es tan viejo como el nacionalismo. Cuando hablamos de etnocracia tenemos que fijarnos en dos ejemplos cercanos: Cataluña y País Vasco, donde la colonización del nacionalismo de todos los ámbitos sociales y de poder le ha permitido conservar el Gobierno en 33 de los 40 años de democracia en el caso de Cataluña y de 37 si hablamos del País Vasco. No son los únicos casos de Comunidades autónomas con Gobierno monocolor a lo largo de la democracia. Ahí tenemos a Andalucía. También Galicia y Extremadura han sido comunidades donde una sigla política se perpetúa en el poder.

            Pero nos centraremos en País Vaco y Cataluña por ser estas dos comunidades donde el nacionalismo dota de características diferenciadas a la forma de control político

            Desde sus rasgos más duros, desde sus primeras elaboraciones ideológicas (véase Krutwig en Euskadi o Daniel Cardona, el autor de cabecera de Torra, en Cataluña) a su puesta en práctica a través de la violencia terrorista de ETA en Euskadi o el Programa 2000 en Cataluña, la forma de ejercer el poder real en ambas comunidades ha ido adquiriendo perfiles nuevos, pero siempre conservando el mismo objetivo final: la creación de un Estado propio e independiente.

            En el País Vasco, el procedimiento: la violencia terrorista, la eliminación física del adversario, la implantación de un régimen de terror que obligaba a muchos a irse y a otros a callarse dejando espacio libre para la ocupación por los etnócratas de grandes áreas de influencia social y política. El cambio sociológico experimentado desde el inicio de la Transición ha tenido como argumento central el que Arzallus expresó con tanta crudeza: ”unos agitan el árbol y otros recogemos las nueces”. Simultáneamente una campaña en ámbitos educativos, culturales y sociales de extensión del euskera como identidad colectiva, alma de un pueblo, fue poniendo las bases del poder nacionalista que se ha perpetuado desde  principios de los 80.

            Cuarenta años de gobiernos nacionalistas, únicamente interrumpidos por 3 años del Gobierno socialista de Patxi López en Euskadi. En Cataluña, la  hegemonía nacionalista es similar salvo que en vez de 3 son siete los años de paréntesis en los que gobernó el Partido Socialista: de 2003 a 2010. Curiosamente es en esos años en los que se producen las dos quiebras más significativas en el proyecto Constitucional nacido de la Transición: las palabras de Rodriguez Zapatero: “asumiré lo que el Parlamento Catalán apruebe sobre la reforma del Estatuto”, la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto aprobado en Cataluña. Antes en 1996 se había producido el Pacto del Majestic, entre Pujol y Aznar. PP y PSOE parecían rivalizar en el quien da más a los independentistas catalanes. Pero de ello hablaremos más adelante

            Durante todos estos años ambos nacionalismos se han beneficiado del amparo del poder central que ha mercadeado apoyo político en Madrid con inversiones y salvaguarda del poder autonómico en manos nacionalistas. Tanto PP como PSOE han pretendido ganarse el favor del nacionalismo, no solamente para construir mayorías estables en el Gobierno de la nación sino para evitar la deriva soberanista de ambas comunidades, lo que a la postre se ha demostrado un esfuerzo inútil.

            La estrategia de ambos nacionalismos ha consistido en conseguir  buenas dotaciones de infraestructuras y por otra en el fortalecimiento de su poder político y social poniendo en práctica la famosa sentencia de Jordi Pujol: “Ara paciencia, demá independencia”

            Durante estos años de hegemonía política, ambos nacionalismos han dedicado sus mejores esfuerzos a establecer una estructura de control social mediante la creación de una conciencia nacional victimizada que no puede desarrollar todo su potencial porque “España nos roba.”  Simultáneamente se ha reforzado el carácter nacionalista de la educación y los medios de comunicación. Este plan está recogido con bastante detalle en el documento que elaboraron dirigentes nacionalistas de Convergencia y Unión en el año 1990 y que publicaba El Periódico de Cataluña y al que luego me referiré, pero fundamentalmente en el Programa 2000 del que también hablaremos en este trabajo.

            Así que nada de lo que está sucediendo el Cataluña es consecuencia del azar, o fruto del trato dado a los catalanes por las autoridades españolas. Obedece a una minuciosa preparación y a una larga puesta en práctica que ha culminado con la Declaración de Independencia hecha por el Parlamento catalán.

Pero antes de hablar de planes y políticas vamos a hablar de ideología.

            Durante todos estos años ideológicamente el nacionalismo ha sido inatacable. La necesidad que han tenido los gobiernos centrales de contar con su apoyo ha impuesto en el plano político, pero también en los medios informativos y elites culturales, un cordón de protección en torno a las ideas del nacionalismo. Ello le ha permitido desarrollar una cómoda expansión.

            Es hora pues, de intentar al menos una aproximación somera a las bases ideológicas del nacionalismo vasco y catalán.

            Pasaré por encima de la figura de Sabino Arana, pese a ser el referente ideológico del primer nacionalismo vasco. Son suficientemente conocidas sus posiciones racistas. En cambio haré mención a la figura de Federico Krutwig ideólogo de la primera ETA y autor de títulos como “Vasconia” o   “Manifiesto por la Etnocracia” Sus concepciones ponen el acento no tanto en la raza sino en la etnia, entendida no solo como identidad racial sino cultural y sobre todo idiomática. Para Krutwig el euskera es el alma de lo vasco.  “El derecho del pueblo vasco a su independencia se basa exclusivamente en la existencia de una etnia vasca, con conciencia propia y voluntad de ser libre”… Pero hay “vascos traidores”, aquellos que perteneciendo a la “raza vasca”, no se expresan en eusquera.

            Ochocientos muertos después de estas palabras esa pulsión etnocrática que defendía Krutwig ha conseguido importantes objetivos y sus rasgos ideológicos se han pulido pero en el fondo sigue latente a la espera del momento definitivo de alcanzar su fin último: la Independencia de Euskadi.

            Recordemos que la etnocracia es la forma de Gobierno en la que los factores étnicos se ponen por encima del Demos, el conjunto del cuerpo social de una determinada comunidad. Para pertenecer al grupo étnico tienes que poseer determinadas características, una identidad, que pueden ser de raza, de cultura o de idioma o simple adscripción ideológica. Si no las cumples quedas fuera. La etnicidad prevalece sobre cualquier consideración a la hora de gozar de plenos derechos civiles y políticos.

            La etnocracia, consecuencia del etnonacionalismo de Arana y Krutwig se ha transformado en una democracia etnicista, una vez conseguida la hegemonía política y social. Una y otra sólo se distinguen por el grado de coacción que ejerce la comunidad dominante. Ambas se contraponen a lo que es una democracia liberal al uso por mucho que se empeñe Aitor Esteban, candidato al Congreso por el PNV, en decirnos que “el verdadero patriotismo tiene que partir del respeto a lo que sienta cada persona”

            A  diferencia de otras consideraciones podríamos decir que la etnocracia que promueven los nacionalistas vascos y catalanes busca una hegemonía de quienes viven la cultura vasca o catalana sobre quienes no la viven, para finalmente meter a estos dentro del propio demos creado a imagen y semejanza de su visión etnicista. En definitiva plantea una  quiebra social con la creación de una identidad cultural pre-escrita que prevalece sobre otras identidades, para después integrar a la minoría en los postulados de la mayoría triunfante. Y en este proceso de integración opera ese paradigma de supervivencia social: la mimetización; “para qué ser un apestado si se puede ser un privilegiado”. Si no te adscribes a la identidad dominante quedas excluido. La aplicación práctica de lo que digo podemos verla en el idioma. Se ha pasado de reivindicar en los años 70 el bilingüismo a terminar imponiendo el catalán y llamando bestias a quienes no lo hablan. Para quienes piensen que los postulados de Krutwig  de imponer una sola lengua han prescrito no tienen más que echar una mirada a la realidad catalana o a los programas electorales de EH Bildu. Se parte de la creación de un antagonismo entre identidades bajo la premisa de que no pueden convivir sin que una de las dos desaparezca.

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