POLITICA LINGÜÍSTICA (I)

Organizada por Diario de Navarra se ha celebrado recientemente una Jornada de análisis de la Política Lingüística llevada  a cabo por el Gobierno de Navarra en los últimos cuatro años. A ella acudieron: Ángel García Sanz, historiador de la Universidad Pública de Navarra. Izaskun Arratibel, de Eusko Ikaskuntza. Iñaki Iriarte, candidato de UPN al Parlamento de Navarra y profesor de la UPV, María José Anaut, de UGT. Y el escritor Eduardo Gil Bera, premio Euskadi de Literatura.

            En las siguientes líneas trataré de extraer de ese debate una valoración y situar la cuestión en lo que me parecen sus argumentos e ideas  nucleares.

            En primer lugar, cabe preguntarse sobre si es necesaria una política lingüística en Navarra sobre el euskera y, en caso afirmativo, cuales serían sus límites. Sobre esta materia existen, a raíz de lo escuchado, dos posturas enfrentadas e irreconciliables. La primera considera que las lenguas son un mero vehículo de comunicación que no tienen derechos per- se. Son mayoritarias o minoritarias en función de su uso en función del interés de los ciudadanos en las mismas y por diversos avatares históricos que no tienen por qué  ser corregidos ni enmendados por la acción del Gobierno.

            La segunda posición considera que debe existir una política lingüística porque existe una lengua “minorizada”. Esta anormalidad es consecuencia de una persecución en épocas de dictadura, por lo tanto hay que normalizar la lengua, devolverle los derechos que le fueron arrebatados y fomentarla hasta conseguir -dicen- su equiparación con el castellano. Se hace necesaria una promoción del euskera en la Administración, en la Universidad y en la Formación Profesional.

            Habría que hacer una valoración crítica de ambas posiciones. La primera obvia que existe una parte importante de la población que aprecia el euskera, lo habla o lo entiende. Por lo tanto, estas personas necesitan por diversas razones reivindicar esa lengua que tiene para ellos un importante valor sentimental. No sería justo no escuchar sus demandas.

Sobre la otra parte del litigio, hay que decir que es falso que el calificativo de lengua minorizada sea actualmente una realidad. Y es discutible que lo haya sido alguna vez y por mucho tiempo. Es cierto que durante el franquismo se eliminó del uso común y se persiguió y se reprimió su uso, pero no es menos cierto que antes del franquismo el euskera estaba en declive, como  lenguas similares del resto de Europa, tal como indica Iñaki Iriarte. Por otra parte, a partir de los años 50 se empezó a promover su uso, por ejemplo por la Institución Príncipe de Viana, como señaló Izaskun Arratibel. Si  bien es cierto que no se educaba a muchas personas en su lengua materna, hoy en día, después de  casi 45 años de democracia, ese calificativo de lengua minorizada no se sostiene. Claro está que cualquiera puede decir que el euskera hubiera tenido hoy otro uso social si no se hubiera reprimido durante la dictadura. Pero hoy habla el euskera quien quiere sin ninguna cortapisa. Seguir utilizando argumentos victimistas ya no tiene sentido.

Quienes defienden esta posición olvidan la politización que desde su mismo ámbito ideológico se hace del euskera. “Una lengua, un pueblo, Un Estado” es el lema que resume las reivindicaciones que envenenan un debate sereno y que ponen en primer plano la cuestión de la Identidad.  El catedrático de Historia Contemporánea, Ángel García Sanz señaló que” el euskera va asociado a la defensa de determinados proyectos políticos y por lo tanto está asociado a la importante fractura social que genera la cuestión vasca.

Pero a ello nos referiremos más adelante.

            Mi conclusión es que debe buscarse un consenso en política lingüística. Pero a partir de aquí se plantea un consenso, ¿sobre qué bases y para qué?.

            Desde Eusko Ikaskuntza se reclama un consenso PARA el fomento del euskera. Desde mi punto de vista esta formulación es engañosa puesto que implica, de salida, que el euskera debe extenderse por encima de su uso actual.

            Creo que es más apropiado hablar de un consenso para atender la demanda de los ciudadanos sobre el uso de esa lengua. Como decía Eduardo Gil Bera “… nuestra Comunidad no tiene por qué asumir ningún deber de alcanzar porcentajes de uso…” El uso lo establecen los ciudadanos. Cualquier consenso debe partir de la determinación de cuál es la demanda exacta de los ciudadanos en esta materia y, una vez cuantificada esta demanda, se determinaría el mínimo de hablantes o demandantes que justifica la creación de una estructura administrativa.. Extender la cooficialidad del euskera a toda Navarra, independientemente de la demanda que exista en zonas  como la Ribera o zona Media, implica realizar un gasto en infraestructura administrativa que no tiene justificación si no es el i propio nterés de quien lo propone. Un interés que consiste  en  promover el uso de esa lengua con fines políticos, conminando a la población a hablarla y estableciendo el castigo administrativo para quien no asuma ese deber, discriminando, por ejemplo, el acceso a la administración a quienes no usen la lengua.

            Y aquí entramos en un aspecto nuclear de este debate: la utilización del euskera como instrumento y herramienta política para la consecución del Estado Vasco.

            Durante muchos años nos han vendido la idea de que era necesario preservar el euskera como una joya por su valor cultural, patrimonio histórico y bien de la humanidad. Era sólo una forma de ocultar el interés político  que se traduce en el objetivo de “una lengua, un pueblo un Estado”. Es irresponsable e imposible obviar esta realidad. No necesito recurrir a muchas fuentes para respaldar lo que digo, cualquiera, sin un gran esfuerzo, puede encontrar en la hemeroteca declaraciones de líderes abertzales en este sentido.

            Pero me referiré a los orígenes, a las fuentes intelectuales de donde han bebido muchos de estos líderes políticos, porque es ahí donde se encuentra la referencia y la constatación de lengua e identidad. Se hace necesario pues determinar que connotaciones tiene este último término de identidad, de identidad vasca.

            Federico Krutwig fue el intelectual que inspiró a los primeros militantes de ETA, fue incluso militante, por algún tiempo, de la organización terrorista. Krutwig se apoyó en las ideas de Jon Miranda, un neo-nazi regionalista asentado en Francia. Pertenecen a  Miranda estas palabras: “.. hoy un pueblo vasco formado por individuos que pertenecen según una cierta proporción a las diversas razas de la gran raza blanca o europoide y solamente a ésta.” Mirande considera que en España hay mucha sangre “africana mecanizada” y que, por tanto, es un riesgo el cruce entre vascos y españoles.. “pienso que es la raza y no la lengua lo más importante, no concibo que existan vascos sin eusquera, por supuesto, porque el abandono del eusquera pone a los vascos en vías de desracialización (…) Aunque los maquetos o gascones aprendieran vasco, nos serían siempre extraños por la sangre y por el espíritu y, si alguna vez somos libres, espero que el futuro gobierno de Euzkadi expulse a esos semita-camitas españoles y demás negros que se han asentado en nuestra patria o los reduzca a un estrato de humanidad inferior”.

            De estas fuentes bebió Krutwig  cuando escribió “ Vasconia “ y sobre todo su “Manifiesto por la Etnocracia”:  Dice Krutwig: “El derecho del pueblo vasco a su independencia se basa exclusivamente en la existencia de una etnia vasca, con conciencia propia y voluntad de ser libre”… Pero hay “vascos traidores”, aquellos que perteneciendo a la “raza vasca”, no se expresan en eusquera. A diferencia de Sabino Arana, para Krutwig el hecho de disponer de los cuatro apellidos vascos, no implica ser un “vasco verdadero”… “sería falso, así mismo, llevar el anti-racismo al extremo límite y afirmar que ninguna importancia tiene la raza. Una mezcla de vascos con elementos negríticos desvirtuaría la raza vasca…”

De Miranda bebe Krutwig y de Krugwig los dirigentes de la primera Eta y de estos munchos de los actuales dirigentes del abertzalismo radical. Y del no tan radical protagonizado por los recogedores de nueces que tan bien autorretrató Xabier Arzallus, el del RH negativo. No me extenderé en reproducir textos ya conocidos de Sabino Arana, fundador e inspirador del PNV por no cansar al lector.

            Es cierto que hoy la reivindicación de la raza no tiene mucha venta, pero la etnia es un concepto más amplio que abarca rasgos folklóricos, culturales, históricos e idiomáticos. Es aquí donde encaja la definición de Identidad.y como derivado el de Etnocracia. Eduardo Gil Bera señala, citando a Krugwig que la Etnocracia es un sistema político basado en la imposición y enaltecimiento de un rasgo étnico, como la lengua, cuyos clérigos y devotos, en calidad de depositarios  de su esencia de supuesta antigüedad y especial valor ejercen el poder político y cultura y que rebosan  celo misionero para convertirnos y meternos en el paraíso etnicista.”

            Iñaki Iriarte habla de nacionalismo etnicista para señalar que “La lengua vasca es su álma . Existe una mística del euskera, una adoración. Para explicar  la extensión de este sentimiento en Navarra señalas que nuestra Comunidad  era una sociedad con profunda raigambre religiosa  que fruto de la rápida industrialización sufrió una crisis de valores y en este contexto muchas personas descubren una nueva identidad  en la lengua vasca a la que aplican el mismo fervor religioso que impregnaba sus antiguas creencias.

            Telesforo Monzón ya  decía: “Todo nuestro ser reside en el interior de nuestra lengua”.

            Se entiende así el profundo temor y el consiguiente odio que experimentan muchos nacionalistas cuando sienten que   si no se promociona el euskera se está mutilando su alma, se les está privando de su corazón como pueblo y de su identidad.

            Cuando se habla de identidad, a menudo quedamos atrapados por la distinta definición del término. Los debates sobre el mismo acaban derivando en una pelea de sordos por el simple hecho de que cada cual habla de cosas distintas, de significados distintos para el mismo significante.

            Hay dos formas, o más, de entender lo que es la identidad, o si se quiere  hay varios significados  del término.

            Una de ellas es considerar la identidad como las características individuales que definen a una persona. Ella y sólo ella determina los rasgos que deben caracterizarle pudiendo construir su identidad  integrando rasgos de diferentes culturas sin que unos y otros sean excluyentes.

            Hay una identidad colectiva: la que define al grupo. Y a su vez, se puede entender que la identidad colectiva es la suma de las identidades individuales y, por lo tanto, la identidad es plural y en este sentido demandante de consensos. Se trataría de una interpretación liberal del concepto de identidad basada en la prevalencia del individuo

            Hay otra forma de entender la identidad. La que  presupone que alguien: partido, grupo, autoridad moral, religiosa o laica establece los cánones de pertenencia a ese grupo, las características que debe tener quien quiera integrarse en la tribu. Naturalmente, esta definición excluye del Demos, de la comunidad política; a quienes no comulgan con esa particular forma de entender lo colectivo. Esta concepción se alimenta con  al menos cuatro estrategias: el miedo que se induce en los miembros de la tribu a la pérdida de su identidad. La minusvaloración del idioma ,  se percibe como pérdida de identidad colectiva. Al fin y al cabo consideran que “el euskera es aquello  que nos hace vascos“   En segundo lugar, el victimismo, del “no nos entienden, nos roban, no nos merecemos esto.” Después está la  tristeza, la melancolía por la pérdida imaginaria de un estado paradisiaco de la tribu atribulada y  como consecuencia de todo ello: el enfrentamiento con los otros, con Madrid, con los traidores; la separación  la discriminación el frentismo como fórmula de reforzar la identidad mancillada.

            Y de la identidad cultural se llega a la identidad política que termina cristalizando en  la Etnocracia:  la forma de Gobierno en la que la etnia está por encima del demos en la organización de una sociedad multiétnica,  en la que  no saber euskera, por ejemplo, te  imposibilita a acceder a un puesto de la función pública para el que ese idioma no es  necesario.

            La etnocracia  es el resultado del etnonacionalismo. Se diferencia de la “democracia étnica” en el grado de coacción que ejerce la Comunidad dominante y ambas se contraponen a las democracias liberales.

¿Quiere decir esto que todo nacionalista es etnocrático, no liberal? No, ni mucho menos. Conozco a algunos cuyo nacionalismo  se plasma únicamente  en un noble amor por su cultura, cuya satisfacción por su trabajo se   basa en la contribución que hacen, con el mismo, al bienestar de sus conciudadanos y que manifiestan un profundo respeto por quienes tienen otros credos políticos a quienes no intentan someter ni convertir al suyo. Por desgracia su voz no es la que más se escucha en la calle.  Utilizando un símil estos nacionalistas  moderados habrían hecho lo que socialistas, comunistas y franquistas hicieron en la transición: renunciar  a su programa  de máximos, a sus grandes fines ideológicos.  Una vía que la mayor parte del nacionalismo, después de  casi 50 años de democracia, se resiste a  transitar.

            Así pues, este sustrato ideológico  es el que  respira el debate sobre  el euskera en Navarra.  Si no lo reconocemos, no pondremos la  base para un entendimiento. Si no se consigue eliminar el factor político  de la ecuación del consenso en materia lingüística no será posible ningún acuerdo. Dicho de otro modo, nadie que no sea nacionalista va a querer que se hable en euskera si eso implica alimentar las tesis del independentismo. El mismo nacionalismo que reivindicaba hace años el bilingüismo en Cataluña y hoy trata de bestias y animales a quien habla castellano. Este hecho ha puesto de manifiesto una lección. No se puede llegar a consensos con quienes, estando en la oposición, los utilizan   como terreno conquistado y cuando acceden al Gobierno  rompen el consenso en pos de  nuevas cimas políticas hacia su objetivo último de independencia.

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