¿QUIÉN MANEJA MI BARCA?

SENTIMIENTO DE DESPOSESION DE DESTINO.

El individuo moderno está atrapado en un sentimiento de desposesión de la capacidad de influir en su propio destino. Cada vez más toma conciencia de que las decisiones que afectan a su vida y su futuro se toman en instancias lejanas sobre las que no puede influir. El mundo se ha globalizado, se ha vuelto complejo. Su destino lo diseñan personas desconocidas que toman decisiones sobre lo que va a ser tu trabajo, sobe tu futuro de tus ahorros, tu forma de pensar.

         Hasta hace bien poco el mundo era local. Se sabía que existían otros países, otras comunidades, pero el ámbito de decisión era relativamente cercano, se percibía como próximo. El político era de tu barrio, el tendero vivía debajo de tu casa, el banco estaba en la calle y una persona atendía tus demandas y solucionaba tus problemas.

         Hoy el mundo se ha hecho globalizado, la comunicación nos ha acercado a otras realidades que hasta hace poco nos eran ajenas, el transporte nos ha traído personas de otras culturas, de otras identidades, las empresas se han automatizado, el tendero es una multinacional que te lleva los productos de consumo a casa, el banco es un cajero y el servicio de telefonía lo atiende una persona al otro lado del hilo y al otro lado del Atlántico a la que no le puedes decir que quieres hablar con su jefe.

         Hoy un especulador puede  arruinar la moneda de un país y determinar si sigo teniendo trabajo. Un Banco Central puede decidir cuánto vale el dinero que tengo en mi cuenta corriente. Y dentro de poco una maquina hará el trabajo que me da de comer a mí y a mi familia. Para colmo, ya nadie me va a garantizar el cobro de mi pensión. La incertidumbre es ya parte del medio ambiente mental. Quizás siempre haya sido así pero hoy somos más conscientes de ello, o nos asusta más porque nos hemos acostumbrado a pensar que el mundo había alcanzado ya un estatus de prosperidad, paz y certidumbre sobre el que teníamos la ilusión de control.

        Sea como fuere, lo cierto es que hoy esa sensación ha desaparecido y que este sentimiento de miedo al futuro determina nuevas actitudes, estrategias personales y colectivas para recuperar la sensación de dominio sobre nuestro presente y nuestro destino.

        Vuelve la necesidad de reforzar lo local como ámbito de  relación. Hay un anhelo de apego a lo cercano, a la tierra y a la colectividad. Una ansia de recuperar el control a través de la creación de identidad: cultural, nacional, regional o de grupo. feminismo, ecologismo, facción política… Se pone de manifiesto la  voluntad de  establecer lazos, relaciones: de compartir.          Simultáneamente se busca la forma de prevenir el futuro incierto, de protegerse ante lo que pueda venir, para no terminar siendo arrasado por dinámicas políticas, económicas y sociales que no controlamos.

        En este sentido hay dos fuerzas que tiran del individuo en sentido contrario: Una hacia la búsqueda de protección individual y otra  que encuentra esa protección en la colectividad; compartiendo identidades sociales y políticas.

        En este ambiente nos encontramos con un renacimiento de los localismos políticos nacionalistas o con la proliferación de identidades y reivindicaciones grupales aprovechadas por los populismos de derecha y de izquierda. Cuando hablo de identidades feministas, ecologistas, animalistas, antisistema o de cualquier otra índole, no me refiero a las reivindicaciones y planteamientos de ideas o filosofía, en estas materias, que muchos podemos compartir; sino a la determinación  de unos cánones identitarios cuyo cumplimiento determina la pertenencia al grupo que se apropia para si mismo la idea y no reconoce que otros la puedan compartir y defender desde distinta perspectiva. Como ejemplo  de lo que digo, vale la imagen de grupos feministas radicales increpando a las mujeres de Ciudadanos en las manifestaciones del 8 de Marzo. “Sólo nosotras somos las auténticas feministas, si no compartes nuestro canon no eres feminista y si no eres feminista eres machista, heteropatriarcal y cómo no: fascista”. Este es  el relato simplista y patético de estos grupos que se vende y compra sin mirar su contenido totalitario.

         La preguntas que se plantea son: ¿Cómo se puede conducir este sentimiento de desamparo, de incertidumbre de desasosiego por senderos democráticos de racionalidad? ¿Sobre qué bases se puede edificar un discurso político, económico y social inclusivo, plural y no excluyente que permita dar sentimiento de control sobre el futuro personal y al mismo tiempo permanecer abierto a un mundo global?  El futuro será de quien dé respuestas democráticas a estas incertidumbres.

2 comentarios

  1. Muy optimista te veo en la última frase. No se de quien será el futuro. Ojalá que, como sugieres, sea de quien sea de quien aporte soluciones democráticas y no demagogia. Yo no lo veo tan claro, al menos en estas próximas generaciones.

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  2. Buenas tardes, Francisco José. El final del artícuilo más que optimista intenta ser esperanzador. Al final, despejar incertidumbres nos situa en un terreno de menos temor y más racionalidad, y es por ahí por donde se prueden encontrar esperanzas

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