EUROPA, EUROPA. (Hacer posible lo necesario.)

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Es en los momentos críticos cuando se mide la calidad de un proyecto. Es en los test de esfuerzo donde se mide el buen acabado de un producto. Es en tiempos difíciles cuando se  aprecia la calidad de las adhesiones. Era muy fácil ser europeo cuando España era receptor neto de fondos comunitarios. Lo es más difícil cuando además de ser contribuyente nos enfrentamos a las consecuencias de una crisis económica todavía encapsulada en los balances de los Bancos Centrales.

Porque Europa atraviesa momentos de dificultad, de crisis, ¿por qué no decirlo? El Brexit es la herida abierta y sangrante, pero es sólo el mayor exponente de un problema más de fondo: los efectos de la Globalización sobre una arquitectura institucional, económica y política que se ha ido tejiendo poco a poco y que presenta las debilidades de lo inacabado y los problemas de lo hecho para tiempos de prosperidad. Es un barco lanzado a la tormenta sin que su arquitectura  esté terminada y cuya estructura cruje con el embate de las olas sin que sepamos si aguantará. El euro es el factor de cohesión, pero incluso la moneda común se enfrenta a problemas de disciplina fiscal de los países más gamberros.

Italia que ha entrado en recesión tras dos trimestres de PIB negativo, Alemania con  una peligrosa disminución de su crecimiento o España que empieza a dar señales también de desaceleración, son algunos de los últimos signos de alarma. Una crisis exacerbaría todavía más el auge de los populismos de uno y de otro signo en Alemania, Polonia, Austria, Hungría, Francia o España. Los nacionalismos independentistas tendrían una ventana de oportunidad para conseguir sus objetivos últimos.

Europa se enfrenta también a la pérdida de peso geoestratégico por el desplazamiento del eje de desarrollo económico que hasta ahora le unía con Estados Unidos. Hoy ese eje se ha trasladado al Pacífico, a lo que alguien ha dado en llamar “Chimérica”.

Es en estos momentos difíciles en los que hay que manifestar el apoyo a las instituciones y los valores que han creado Europa. Hay razones objetivas que así lo exigen: Con la Unión Europea hemos creado un espacio de paz entre países y de prosperidad económica. La segunda razón es que sólo unidos los europeos podremos tener voz en el nuevo orden mundial que se construye con Estados Unidos, China, India y Rusia como grandes potencias. El mundo está en el umbral de un nuevo paradigma. La  denominada revolución tecnológica 4.0, la tercera revolución industrial, el Internet de las cosas la   revolución genética, con su correlato de incremento de las desigualdades, plantean incertidumbres y serios retos a la democracia, a los que solo una revitalización de la sociedad civil podrá poner solución.

Ante este panorama no cabe ni el pesimismo entreguista ni el optimismo ciego. Pero si hay que crear una visión de futuro que permita trabajar el presente. Solo la esperanza de un futuro mejor alienta y aglutina voluntades. En cualquier caso, la actitud que debiéramos asumir es la de un optimismo ilustrado tal como la definía David Deutsch en “El Comienzo del Infinito”:

“El optimismo es la teoría de que todos los fracasos, todos los males, se deben a un conocimiento insuficiente. Los problemas son inevitables, porque nuestro conocimiento siempre estará alejado de la completitud. Ciertos problemas son arduos pero es un error confundir los problemas arduos con problemas de improbable resolución…Una civilización optimista está abierta a la innovación y no la teme… Sus Instituciones siguen mejorando y el conocimiento más importante que encarnan es el conocimiento de cómo detectar y eliminar los errores.”

Terminaré con un extracto del manifiesto firmado por treinta intelectuales europeos titulado “Europa en llamas”:

“Hemos vivido en la ilusión de una Europa necesaria, inscrita en la naturaleza de las cosas, que se consolidaría sin nosotros, por estar en el “sentido de la Historia”. Debemos romper con este providencialismo. Es a esta Europa perezosa, privada de recursos y pensamientos a la que tenemos que decir adiós. No tenemos otra opción. Cuando rugen los populismos es necesario querer a Europa o fracasar. Es preciso, mientras que amenace por doquier el repliegue soberanista,  retomar la voluntad política o rendirse ante quienes imponen por doquier el resentimiento, el odio y su cortejo  de pasiones tristes. Es preciso desde hoy con urgencia que suene la alarma contra los incendiarios de almas que, desde París a Roma, pasando por Dresde, Barcelona, Budapest, Viena y Varsovia, juegan con el fuego de nuestras libertades.”

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