¿Dialogamos con ideas y hechos o discutimos con relatos?

debate

¿Dialogamos o discutimos? ¿Porque las conversaciones políticas terminan casi siempre en peleas de egos, en superposición de monólogos, en enfrentamiento a veces airado y siempre frustrante?

Para comenzar, aclarando conceptos, hay que decir que el dialogo no necesariamente produce acuerdo, pero no ocasiona enfrentamiento y generalmente, siempre enriquece. La discusión es, por el contrario, la quintaesencia del conflicto. En el dialogo, se escucha; en la discusión se contiende. El dialogo necesita de un acuerdo previo sobre el campo de juego, las reglas y las leyes a respetar. No existe un dialogo sin barreras, sin condiciones.

Es sorprendente observar cómo, en muchas ocasiones, los argumentos expuestos en los debates o en las discusiones no son recibidos por el interlocutor y ni siquiera son tenidos en cuenta para, al menos, ser rebatidos. El fenómeno de las tertulias televisivas, auténtico gallinero patético, sucio, maleducado, soez y analfabeto ha llegado a contagiar el debate social que, en efecto mimético, ha reproducido sus peores formas.

La conversación, en principio amable y tranquila, deriva en una dialéctica amigo-enemigo. Cada una de las partes se atrinchera en su relato, preconcebido, y generalmente, aunque no seamos conscientes, prefabricado por otros. La conversación se establece, no sobre ideas  informadas, sino sobre clichés  y prejuicios frecuentemente emocionales y genéricos.

Lo que se ha dado en llamar “el relato político” juega un papel esencial en esta forma de entender la discusión. Cada cual acude al ring con el suyo propio, mejor o peor construido. El ejercicio consiste en arrojarse  mutuamente los relatos propios sin atender  a razones, informaciones o ideas ajenas. Pero, vamos a ver qué es un relato político y como lo  construyen unos  para el consumo de los más.

La moraleja, en el relato político es siempre la misma: Nosotros somos los buenos, ellos, los malos.  Clichés  sobre ricos y pobres, empresarios explotadores y trabajadores explotados, los de arriba y los de abajo, los de izquierdas y los de derechas, rojos y azules, el “sistema” como origen deletéreo de todos los males y los antisistema. Este suele ser  el sustrato arquitectónico del relato, en esto consiste todo. Esta forma  de “pensamiento enlatado”  y caducado,  tiene ventajas indudables para su consumidor. Permite a la persona integrarse en un colectivo social exitoso y obtener los beneficios de una identidad social positiva. Por  contra al que no lo asume se le excluye del colectivo. Funciona como un ansiolítico social y produce certidumbre. No necesito plantearme retos intelectuales. Si hay algo que pone en cuestión el relato se rechaza de forma automática. El relato es fácilmente entendible por su carácter simple, por ello es fácilmente asimilable sin necesidad de razonamiento excesivo, da sensación de competencia intelectual y capacidad  cognitiva. En este sentido, el éxito que la utilización de relato político está cosechando, pone en tela de juicio el principio de la Ilustración  cuya premisa fundamental es alcanzar la verdad a través de conocimiento científico y objetivo. Se imponían los hechos, los datos la información cierta y veraz. El relato, por el contrario, se basa en la prefabricación de esa vedad y su plasmación en un cuento consumible y fácilmente  asimilable. Los populismos  usan  magistralmente esta fórmula a través de su difusión en redes sociales.

Una de las teóricas  de esta forma de acción política es Chantal Mouffe, ideóloga de cabecera del hasta hace poco dirigente populista de Podemos,  Iñigo Errejón.  Mouffe escribió con  Ernesto Laclau, “Hegemonía y estrategia socialista” Dice: “Siempre hay un nosotros y se ha de crear, como sea, un ellos… El propósito del populismo es construir identidades hegemónicas, con todos los recursos disponibles y por muy zafios que resulten, que identifiquen y reduzcan al adversario.”            Y todos los recursos valen a este fin: feminismo, animalismo, debate migratorio, lucha de clases, globalización, hasta el conflicto del taxi o el de los chalecos amarillos. Todo es aprovechable en el camino de la lucha por la hegemonía  comunista que teorizó Gramsci.

El procedimiento  se establece así, tal como  señalaba en el Mundo, Javier Redondo  (6 Mayo 2018) “Un lobby poderoso abandera una causa popular en defensa de una víctima del sistema. Para que su combate goce de aceptación general debe remover las emociones y desnaturalizar, simplificar y presentar los hechos en términos dicotómicos y sin matices. Por eso para la democracia es letal cuando la desinformación se mezcla con el relato precocinado.

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